El paseo bordea viñedos de Getariako Txakolina, sube por pasarelas de madera y baja a playas donde el mar perfuma el aire. Al final, una taberna te sirve anchoas locales, pan crujiente y un txakoli frío que chisporrotea como espuma en tu paladar.
Entre manzanales antiguos y caseríos de piedra, los caminos huelen a bodega y madera húmeda. Encontrarás sidrerías donde la comida se comparte en mesas largas, y cada desvío invita a probar una tortilla jugosa antes de oír el esperado grito que abre la espita.
Cada miércoles, el pregón resuena entre puestos de quesos, verduras y frutas que huelen a madrugada. Conversar con productoras revela detalles de lluvias, heladas y cosechas. Sales con la mochila más pesada y el corazón más ligero, sabiendo a quién agradecer cada bocado.
En la Parte Vieja, la barra parece un escenario cambiante. Aprendes a pedir uno, saborearlo de pie, mirar alrededor y descubrir otra joya pequeña. Entre sidra, txakoli y risas, la caminata se convierte en danza, compás perfecto entre paso, sorbo y bocado.
Con pan de maíz, anchoas de la costa, Idiazabal curado y manzanas locales, cualquier mirador se transforma en comedor agradecido. Extiende una manta, comparte sin prisa y deja que el paisaje haga silencio. A veces, la mejor sobremesa sucede mirando el horizonte.