
Desde Andoain el camino se adentra en bosques húmedos mientras el Leitzaran acompaña con espuma verde. La sucesión de túneles pide luces y chaleco reflectante, pero regala silencio, miradores inesperados y áreas de descanso perfectas para un bocadillo antes de regresar en tren o cerrar un bucle sencillo.

Entre Vitoria-Gasteiz y Antoñana, el firme es amable, los pueblos ofrecen fuentes y pan recién hecho, y la memoria ferroviaria late en antiguas estaciones. Es ideal para conocer el paisaje alavés, sumar kilómetros sin pendientes duras y enlazar circuitos circulares cómodos para diferentes niveles y edades.

En Meatzaldea los raíles dormidos dejaron paso a pinos, lagunas y relatos de familias enteras que trabajaron bajo tierra. Los miradores sobre La Arboleda y los antiguos planos inclinados invitan a comprender el pasado mientras avanzas por tramos sombreados, con múltiples alternativas para cerrar una jornada circular memorable.
En Azpeitia, un voluntario encendió una locomotora histórica y describió la vieja línea del Urola como si todavía amaneciera humo junto al andén. Aquella charla espontánea cambió nuestro ritmo, nos hizo volver más despacio y entender por qué estas rutas laten como un barrio alargado y amable.
En La Arboleda, una mujer nos señaló el corte del terreno y los nombres de antiguas cuadrillas. Dijo que caminar juntas por los caminos nuevos era curar un pedazo de historia. Nos despedimos con besos, convencidos de que el paisaje escucha y responde si te acercas con respeto sincero.